¿SABÍAS QUE las plantas necesitan mucha agua para la fotosíntesis y la productividad?

Autor: Dr. Adalberto Benavides Mendoza

Al comer una tortilla, una manzana o un plato de frijoles, también consumimos indirectamente el agua que hizo posible su producción. Incluso el algodón de la ropa necesitó agua para crecer. ¿Por qué los cultivos requieren tanta, si una semilla o una fibra seca parecen contener muy poca?
La respuesta comienza en las hojas. Mediante la fotosíntesis, las plantas aprovechan la energía del sol para fabricar azúcares a partir del agua y del dióxido de carbono, un gas presente en el aire. Con esos azúcares obtienen energía y materiales para formar raíces, tallos, hojas, frutos y semillas. Sin embargo, solo una pequeña parte del agua absorbida participa directamente en esa reacción. La mayor parte sale de la planta como vapor de agua, mediante un proceso llamado transpiración.
Para comprenderlo, imaginemos que las hojas tienen en la superficie miles de pequeñas ventanas, llamadas estomas. Al abrirse, permiten la entrada del dióxido de carbono. Pero, al mismo tiempo, el agua se evapora desde el interior húmedo de la hoja y sale hacia el aire. Como el dióxido de carbono está muy diluido en la atmósfera y el aire exterior suele ser más seco que el interior de las hojas, captar ese gas supone perder bastante agua. Las raíces deben reponerla continuamente tomándola del suelo.
Cerrar esas ventanas ayuda a conservar agua, pero también limita la entrada del gas necesario para fabricar azúcares. Si el cierre se prolonga, el crecimiento y la cosecha pueden disminuir. Por eso, en los cultivos habituales a cielo abierto, producir abundante alimento implica una necesidad de agua que no puede eliminarse.
Además, al evaporarse, el agua ayuda a enfriar las hojas, de manera semejante a como el sudor refresca nuestra piel. También transporta nutrientes desde las raíces y mantiene las células firmes, permitiendo que los tejidos se expandan y la planta crezca. Cuando falta el agua, las plantas pueden marchitarse, calentarse demasiado y producir menos cosechas.
Ahora imaginemos miles de plantas realizando estos procesos durante semanas o meses. Una cantidad aparentemente pequeña, repetida sobre toda una parcela, se convierte en un volumen enorme: un solo milímetro de agua sobre una hectárea equivale a 10 000 litros. Por eso, las necesidades acumuladas de una cosecha pueden representar millones de litros por hectárea. Una parte puede provenir de la lluvia y del agua almacenada en el suelo; en caso de mayor necesidad de agua el riego aporta lo que falta. La cantidad necesaria de agua depende del tipo de cultivo, su duración y el clima, especialmente de la radiación solar, la humedad, la temperatura y el viento.
Esta necesidad biológica no significa que cualquier volumen de riego esté justificado. Es posible reducir fugas, aplicaciones excesivas y evaporación del suelo, además de elegir cultivos y fechas adecuados. Las técnicas como el riego por goteo mejora la eficiencia del riego, pero no elimina la transpiración necesaria para producir.
Producir alimentos, fibras y otros productos agrícolas requiere movilizar grandes cantidades de agua. Comprenderlo permite valorar el trabajo del campo y cuidar todos el recurso agua, aprovecharlo para obtener buenas cosechas, reducir las pérdidas evitables y proteger las fuentes que sostienen la producción.

Esquema que ilustra el uso del agua en la producción agrícola